POPOL VUH (45)

He aquí que diremos los nombres de las Casas de los Dioses. En verdad, la casa se llamaba con el nombre del dios. Grandísimo Edificio de Pluvioso, [era el] nombre del edificio, de la casa de Pluvioso, de los Cavik. Sembrador, nombre del edificio, de la casa de Sembrador, de los Niha. Volcán, nombre del edificio, de la casa del dios de los Ahau-Quiché. Mansión Florida que se ve en Cahbaha, nombre de otro grandísimo edificio en donde estaba una piedra 158 adorada por los jefes Quichés, adorada por toda la tribu. La tribu comenzaba el sacrificio ante Pluvioso; en seguida el Consejero, el Consejero Lugarteniente, adoraba también; finalmente íbase a dar las plumas, los tributos, ante los jefes. He aquí los jefes que ellos sostenían, que ellos alimentaban; el Consejero, el Consejero Lugarteniente. Ellos habían fundado la ciudad, aquellos grandes jefes, aquellos hombres Sabios, aquellos jefes Sabios, Gucumatz, Cotuha, así como los Sabios jefes Quicab, Cavizimah. Sabían si la guerra se haría. Todo se les manifestaba; veían si habría muerte o hambre o revuelta. Igualmente sabían adonde estaba la manifestación, adonde estaba el Libro llamado por ellos Libro del Consejo. No solamente así era grande la existencia de los jefes, [sino que] grandes también [eran] sus ayunos, pago de los edificios, pago del poder por ellos. Largo tiempo ayunaban, sacrificaban ante sus dioses. He aquí su modo de ayunar. Nueve hombres ayunaban; otros nueve sacrificaban, incensaban; trece hombres más ayunaban, y trece sacrificaban, incensaban, ante Pluvioso, ante su dios; no comían más que zapotillos rojos, zapotes matasanos, frutas; no [tenían] tortillas para comer; o diecisiete hombres sacrificaban o diez [y siete] 159 ayunaban; no comían verdaderamente mientras cumplían los grandes preceptos, ese signo del ser de los jefes 160. No tenían esposas con las cuales dormir; permanecían solos, se guardaban de ellas, ayunaban; solamente estaban a diario en la Casa de los Dioses, no haciendo más que adorar, incensar, sacrificar. Allí estaban por la tarde, al alba. Solamente gemían sus corazones, solamente gemían sus vientres, pidiendo la felicidad, la vida, para sus hijos, su prole, y también su potencia, levantando sus rostros al cielo. He aquí su ruego a los dioses cuando pedían, he aquí el gemido de sus corazones: "¡Salve, Bellezas del Día, Maestros Gigantes, Espíritus del Cielo, de la Tierra, Dadores del Amarillo, del Verde, Dadores de Hijas, de Hijos! Volveos [hacia nosotros], esparcid el verde, el amarillo 161, dad la vida, la existencia, a mis hijos, [a] mi prole. Que sean engendrados, que nazcan vuestros sostenes, vuestros nutridores, que os invoquen en el camino, [en] la senda, al borde de los ríos, en los barrancos, bajo los árboles, bajo los bejucos. Dadles hijas, hijos. Que no haya desgracia, ni infortunio. Que la mentira no entre detrás de ellos, delante de ellos. Que no caigan, que no se hieran, que no se desgarren, que no se quemen. Que no caigan ni hacia arriba del camino, ni hacia abajo del camino. Que no haya obstáculo, peligro, detrás de ellos, delante de ellos. Dadles verdes caminos verdes sendas. Que no hagan ni su desgracia ni su infortunio vuestra potencia, vuestra hechicería. Que sea buena la vida de vuestros sostenes, de vuestros nutridores, ante vuestras bocas, ante vuestros rostros, oh Espíritus del Cielo, oh Espíritus de la Tierra, oh Fuerza Envuelta, oh Pluvioso, Sembrador, Volcán, en el cielo, en la tierra, en los cuatro ángulos, en las cuatro extremidades. En tanto que exista el alba, en tanto que exista la tribu, que estén ellos ante vuestras bocas, [ante] vuestros rostros, oh dioses". Así [rogaban] los jefes cuando adentro [de la Casa de los Dioses] ayunaban los nueve hombres, los trece hombres, los diecisiete hombres. Ayunaban durante el día. Sus corazones gemían sobre sus hijos, su prole, y sobre todas las esposas, los engendrados, cuando cada uno de los jefes hacía su oficio. Ese era el precio de su "blanca" vida, el precio de su poder, de aquel poder de Consejero, Consejero Lugarteniente, Eminente, Hablador de los Hombres 162. De dos en dos entraban [en funciones], se reemplazaban, encargados de la tribu y de todos los hombres Queche. Única [era] la fuente de su historia, la fuente de su sostén, [de su] alimento. Semejante [era] la fuente de su historia, semejantes también las acciones de los Tam, de los Iloc, y de los Rabinal, de los Cakche-quel, [de] Los de Tziquinaha, Tuhalaha, Uchabaha; entonces única palabra y oído [había] entre los Queche cuando hacían todo aquello. No solamente gobernaban así, sino que [además] no ponían aparte los dones de sus sostenes, de sus nutridores, sino que [con ellos] hacían alimentos, bebidas 163. No les pagaban. Habían ganado, habían arrebatado su poder, su fuerza, su dominación 164. No solamente se humillaron así los barrancos, las ciudades, [sino que] las tribus pequeñas, las tribus grandes, dieron de buen grado 165, llegaron jadeítas, llegaron metales preciosos y llegaron ámbar, gigantescos puñados, gigantes con esmeraldas, con piedras preciosas, llegaron verdes guirnaldas; estos tributos de todas las tribus llegaron ante los jefes Sabios Gucumatz, Cotuha, y ante Quicab, Cavizimah, Consejero, Consejero Lugarteniente, [y ante] el Eminente, el Hablador de los Hombres. Ciertamente, aquello no era poca [cosa], y no eran pocas las tribus que [aquellos jefes] habían vencido; de numerosas fracciones de tribus venía el tributo al Queche: y ellas sintieron, sufrieron pesadumbre. [No fue] aprisa, sin embargo, como nació la Fuerza [de aquellos jefes] Gucumatz fue el origen de la grandeza del poder, el comienzo del engrandecimiento, y el engrandecimiento del Quiché. He aquí que pondremos en orden las generaciones de los jefes con sus nombres; nombraremos a todos los jefes.

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